viernes, 4 de agosto de 2017

La pata de mono


LA PATA DE MONO.

            (W. W. Jacobs)

   La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa, los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez; el primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros, que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.
-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.
-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-, jaque.
-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.
-Mate -contestó el hijo.
-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todas las barriadas, esta es la peor. El camino es un pantano. No sé en qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.
-No te aflijas querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.
   El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.
-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta, lo oyeron condolerse con el recién venido.
   Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido con los ojos salientes y la cara rojiza.
-El sargento-mayor Morris -dijo el señor White presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.
   Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.
-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.
-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.
-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.
-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.
-Me gustaría ver esos viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme el otro día, de una pata de mono o algo por el estilo?
-Nada -contestó el soldado, apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.
-¿Una pata de mono? -Preguntó la señora White.
-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el sargento.
   Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios; volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.
-A primera vista, es una pata momificada que no tiene nada  de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.
   La señora retrocedió con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.
-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
-Un viejo faquir le dio poder mágico -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo... Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: tres hombres pueden pedirle tres deseos.
Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.
-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.
   El sargento lo miró con tristeza.
-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.
-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.
-Se cumplieron -dijo el sargento.
-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.
-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.
   Habló con tanta gravedad que produjo silencio.
-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?
   El sargento movió la cabeza:
-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.
-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White. ¿Los pediría?
-No sé -contestó el otro-. No sé.
   Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.
-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.
-Si usted no la quiere, Morris, démela.
-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche las culpas de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.
   El otro movió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:
-¿Cómo se hace?
-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
-Parece de las Mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?
   El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.
-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White-, pida algo razonable.
   El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar él último tren-, no conseguiremos gran cosa.
-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero le obligué. Insistió en que tirara el talismán.
-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.
   El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó perplejamente.
-No se me ocurre nada que pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.
-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.
   El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.
-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White-. Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras.
   El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.
-Se movió -dijo mirando con desagrado el objeto y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano, como una víbora.
-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría a que nunca lo veré.
-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer mirándolo ansiosamente.
   Sacudió la cabeza.
-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.
   Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando se golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.
-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en el medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.
   Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad, y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.

II

  A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono, arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.
-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes, en esta época? Y si consiguieran las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?
-Pueden caer de arriba y lastimarle la cabeza -dijo Herbert.
-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.
-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte. 
   La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido. Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta, corrió a abrirla y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre, se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.
-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.
-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.
-Habrá sido, en tu imaginación -dijo la señora suavemente.
-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era... ¿Qué sucede?
   Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía un traje nuevo y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo en el portón; por fin  se decidió a llamar. Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.
   Hizo pasar al desconocido. Este parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el  desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo   del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera  el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.
-Vengo de parte de Mau & Meggins -dijo por fin.
   La señora White tuvo un sobresalto.
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?
   Su marido se interpuso.
-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor-. Y lo miró patéticamente.
-Lo siento... -comenzó el visitante.
-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.
   El hombre asintió.
-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.
-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.
   Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.
-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.
-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.
   Se sentó mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.
-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.
   El otro se levantó y se acercó a la ventana.
-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprendan que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.
   No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba pálida.
-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins rechazan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero, en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.
   El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra:
-¿Cuánto?
-Doscientas libras -fue la respuesta.
   Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.

III

   En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.
   Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la espera se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.
   Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, tendió la mano y se encontró solo. El cuarto estaba a oscuras; oyó, cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.
-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.
-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió á llorar.
   Los sollozos se desvanecieron  en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.
-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.
   El señor White se incorporó alarmado.
-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?
   Ella se acercó:
-La quiero. ¿No la has destruido?
-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Para qué la quieres?
   Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente: 
-Sólo ahora lo he pensado... ¿Por qué no lo has pensado tú antes? ¿Por qué tú no pensaste?
-¿Pensar en qué? -preguntó.
-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.
-¿No fue bastante?
-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pídele que nuestro hijo vuelva a la vida.
   El hombre se sentó en la cama, temblando.
-Dios mío, estás loca.
-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!
   El hombre encendió la vela:
-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.
-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?
-Fue una coincidencia.
-Búscala y pídelo -gritó con exaltación la mujer.
   El marido se dio vuelta y la miró:
-Hace diez días que nuestro hijo está muerto, y además -no quiero mentirte- lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras...
-Tráemelo -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al hijo que he criado?
   El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa. El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes que él pudiera escaparse del cuarto. Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.
   Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.
-Pídelo -gritó con violencia.
-Es absurdo y perverso, -balbuceó.
-Pídelo -repitó la mujer.
   El hombre levantó la mano:
-Deseo que mi hijo viva de nuevo.
   El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del amanecer lo traspasó. A veces miraba a su mujer, que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta apagarse, proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.
   Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama. Un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.
   No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.
   Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente, resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.
   Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto, cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.
-¿Qué ha sido eso? -gritó la mujer.
-Una rata -dijo el hombre-. Una rata. Se me cruzó en la escalera.
   La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.
-¡Es Herbert! ¡Es Herbert!
   La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.
-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.
-¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.
-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.
-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.
   Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:
-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.
   Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara...
   Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en ese mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.

   Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera; y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo. 

El tonel de amontillado


EL TONEL DE AMONTILLADO
  
   Había yo soportado lo mejor que podía los mil agravios de Fortunato, pero, cuando se atrevió a insultarme, juré que me vengaría. Vosotros, que conocéis tan bien la naturaleza de mi alma, no pensaréis que salió de mi boca ninguna amenaza. Al final, me vería vengado; este punto quedó para mí resuelto definitivamente, pero el mismo carácter definitivo con que lo resolví excluía toda la idea de riesgo. No sólo debía castigar sino castigar con impunidad. Un agravio no resulta reparado cuando el castigo alcanza al reparador. Queda igualmente sin reparar cuando el vengador no se descubre como tal ante quien le ha ofendido.
   Hay que entender que ni por mis hechos ni por mis palabras había yo dado motivo a Fortunato para dudar de mi buena voluntad. Seguía, como era mi costumbre, sonriéndole en la cara, y él no se daba cuenta de que ahora sonreía yo pensando en la idea de su inmolación.
  Un punto débil tenía el tal Fortunato, aunque, por lo demás, era hombre de respetar y aun de temer. Se enorgullecía de ser un buen conocedor de vinos. Pocos italianos poseen el verdadero espíritu del virtuoso en este arte. La mayoría de ellos adaptan su entusiasmo de acuerdo con el momento y la oportunidad, para engañar a los millonarios ingleses y austríacos. En pintura y en piedras preciosas, Fortunato, como sus compatriotas, era un charlatán, pero, en cuanto se refiere a vinos añejos, era sincero. En este sentido, no era yo notablemente distinto a él; también yo era experto en vendimias italianas y compraba con largueza cuando tenía una oportunidad.
   Fue a la hora del crepúsculo, una tarde en que el carnaval alcanzaba su suprema locura, cuando encontré a mi amigo. Me saludó con un cariño extremado, porque había estado bebiendo en exceso. El hombre estaba vestido de bufón. Llevaba un ajustado traje a rayas multicolores y su cabeza quedaba coronada con un cónico gorro con cascabeles. Me sentí tan contento de verte, que me pareció que nunca terminaría de estrecharle la mano.
   Le dije:
-Mi querido Fortunato, qué suerte haberte encontrado. Qué buen aspecto tienes hoy. Por cierto, he recibido un barril de vino que pasa por amontillado, pero tengo mis dudas.
-¿Cómo? -,dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y a mediados de carnaval!
-Tengo mis dudas -contesté--, y he sido lo bastante tonto como para pagar el precio total del amontillado sin consultarte antes. No pude encontrarte, y tenía miedo de perder un buen negocio.
-¡Amontillado!
-Tengo mis dudas.
-¡Amontillado!
-Y he de resolverlas.
-¡Amontillado!
-Como estás ocupado, me voy a buscar a Lucresi. Si hay alguien con capacidad crítica es él. Me dirá...
-Te digo que Lucresi no sabe distinguir entre un amontillado y un jerez.
-Y, sin embargo, algunos tontos aseguran que como catador es digno de rival tuyo.
-Anda, vamos ya.
-¿Adónde?
-A tu bodega.
-No, amigo mío; no quiero aprovecharme de tu bondad. Veo que tienes una cita. Y Lucresi...
-No tengo nada que hacer. Vamos.
-No, amigo mío. No me preocupa tanto que estés ocupado, sino que veo que padeces un fuerte catarro. Las criptas son intolerablemente húmedas. Están cubiertas de salitre.
-Vamos, de todos modos. Este catarro no es nada. ¡Amontillado! Te habrán engañado. Y en cuanto a Lucresi, él no sabe distinguir un jerez de un amontillado.
   Mientras decía esto, Fortunato me tomó del brazo, y yo, luego de ponerme un antifaz de seda negra y de ceñirme un roquelaire, dejé que me llevara apresuradamente a mi palazzo.
   No encontrarnos a los sirvientes en casa; habían marchado ellos también a divertirse haciendo honor al carnaval. Yo les había anunciado que no regresaría hasta el amanecer, y había dado órdenes expresas de que no se movieran de casa. Y estas órdenes bastaban, como yo bien sabía, para asegurar la desaparición inmediata de cada uno en el momento que les volvía la espalda.
   Saqué dos antorchas de sus soportes, y entregando una a Fortunato, le conduje a través de varias habitaciones hasta la arcada que llevaba a las criptas. Iba yo delante, bajando una larga escalera de caracol, pidiéndole a mi compañero que tuviera cuidado al seguirme. Por fm llegamos al fondo y quedamos juntos sobre el húmedo suelo de las catacumbas de los Montresor.
   Mi amigo caminaba con pasos tambaleantes y al moverse tintineaban los cascabeles de su gorro.
-El tonel -dijo.
-Está más adelante -contesté-; pero mira las blancas telarañas que brillan en las paredes de esas cavernas.
   Se volvió hacia mí y me miró a los ojos, con los suyos que eran dos globos brumosos destilando los humores de la embriaguez.
-¿Salitre? -preguntó después de un rato.
-Salitre -contesté-. ¿Desde cuándo tienes esa tos?
-¡Uf, uf, uf!... ¡Uf, uf, uf!... ¡Uf, uf, uf! ... ¡Uf, uf, uf...! ¡Uf, uf, uf!
   A mi pobre amigo le fue imposible contestarme hasta pasados varios minutos.
-No es nada -dijo por fin.
-Ven -dije con decisión-, vamos a regresar; tu salud es preciosa. Eres rico, respetado, admirado, querido; eres feliz como lo fui yo en un tiempo. Eres un hombre a quien echarán de menos. En mi caso, no importaría. Volvamos, o caerás enfermo y no quiero tener esa responsabilidad. Además, está Lucresi...
-Basta -dijo-, esta tos no es nada; no me matará. No moriré de una tos.
-Es verdad, es verdad -contesté-; no es que quiera, por cierto, alarmarte innecesariamente..., pero debes tomar todas las precauciones apropiadas. Un trago de este Médoc nos protegerá de la humedad.
   Entonces rompí el cuello de una botella que había extraído de una larga fila de la misma clase.
-Bebe -le dije, presentándole el vino.
   Lo alzó a los labios con una mirada maliciosa. Se detuvo y asintió amistosamente con un movimiento de cabeza, mientras tintineaban sus cascabeles.
-Brindo -,dijo- por los enterrados que descansan a nuestro alrededor.
-Y yo, porque tengas larga vida.
   Otra vez me tomó del brazo y seguimos adelante.
-Estas criptas son enormes -dijo.
-Los Montresor -contesté- fueron una distinguida y numerosa familia.
-He olvidado vuestras armas.
-Un gran pie humano de oro en campo de azur, el pie aplasta una serpiente rampante cuyos dientes se clavan en el talón.
-¿Y el lema?
-Nemo me impune lacessit.
-¡Muy bien!
   El vino chispeaba en sus ojos y los cascabeles tintineaban. Mi propia imaginación empezó a despertarse con el Médoc. Pasamos de largo numerosos muros formados por esqueletos apilados, entre los cuales se mezclaban toneles y barriles, hasta entrar en los más apartados rincones de las catacumbas. Otra vez me detuve, y me atreví a tomar del brazo a Fortunato por encima del codo.
-¡El salitre! -dije- , mira cómo crece. Cuelga como musgo sobre las criptas. Estamos debajo del lecho del río. Las gotas de humedad caen entre los huesos. Ven, vamos a volver antes de que sea tarde. Esa tos...
-No es nada -dijo-, sigamos adelante. Pero antes bebamos otro trago del Médoc.
   Rompí el cuello de una frasca de De Gráve y se la entregué. La vació de un trago. Sus ojos se iluminaron con una luz ardiente. Riéndose, tiró la botella a lo alto con un gesto que no entendí.
   Le miré con sorpresa. Repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
-¿No comprendes?
-No, yo no -contesté.
-Entonces no eres de la hermandad.
-¿Qué?
-No eres masón.
-Sí, sí -dije-, sí, lo soy.
-¿Tú? ¿Tú, masón? ¡Imposible!
-Soy masón -contesté.
-Muéstrame una seña -dijo.
-Aquí la tienes -contesté, sacando de entre los pliegues de mi roquelaire una paleta de albañil.
-Bromeas -exclamó, retrocediendo unos pasos-. Pero vamos a ver ese amontillado.
-Como quieras -dije-, guardando la herramienta bajo mi capa y ofreciendo otra vez mi brazo a Fortunato. Se apoyó pesadamente en él. Seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por una serie de arcadas bajas, descendimos, seguimos adelante y descendimos otra vez hasta llegar a una profunda cripta, donde el aire estaba tan viciado que apenas permitía fulgurar las llamas de nuestras antorchas.
   En el más lejano extremo de la cripta aparecía otra menos espaciosa. Restos humanos apilados contra sus paredes subían hasta la parte alta de la bóveda, como puede verse en las grandes catacumbas de París. Tres lados de esta cripta interior estaban así ornamentados. Del cuarto lado se habían caído los huesos y estaban esparcidos por el suelo, formando en una parte un montón bastante grande. Dentro de la pared descubierta por la caída de los huesos vimos una cripta o nicho aún más interior, de unos cuatro pies de largo, tres de ancho y seis o siete de alto. Parecía haber sido construido sin ningún propósito especial, pues sólo servía de separación entre dos de los colosales soportes del techo de las catacumbas, y su pared posterior estaba constituida por uno de los muros de granito macizo que las circundaba.
   En vano Fortunato, alzando su tenue antorcha, trataba de descubrir las profundidades del nicho. La débil luz no nos permitía ver el fondo.
-Sigue adelante -dije. Allí está el amontillado. En cuanto a Lucresi...
-Es un ignorante -interrumpió mi amigo, mientras daba unos pasos inciertos camino adelante, y yo le seguía de cerca. En un instante había llegado al fondo del nicho y, al encontrar que la roca detenía su marcha se quedó parado, estúpidamente confundido. Un instante después, lo dejé encadenado al granito. Había en la roca dos argollas de hierro, separadas horizontalmente, a unos dos pies una de la otra. De la primera de las argollas colgaba una corta cadena y de la siguiente un candado. Rodeándolo por la cintura con los eslabones, pude cerrar el candado en pocos segundos. Él quedó lo suficientemente asombrado como para resistirse. Extraje la llave y salí del nicho.
-Pasa tu mano por la pared -dije-; no dejarás de sentir el salitre. De veras, hay mucha humedad. Una vez más, te ruego que volvamos. ¿No? Entonces, tendré que abandonarte. Pero primero debo ofrecerte todas las pequeñas atenciones que pueda.
-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que volvía de su asombro.
-Es verdad -contesté-, el amontillado.
   Mientras decía estas palabras me puse a buscar entre el montón de huesos que he mencionado antes. Apartándolos a un lado, pronto descubrí una cantidad de piedras de construcción y mortero. Con estos materiales y con la ayuda de mi paleta de albañil empecé vigorosamente a tapar la entrada del nicho.
   Apenas había colocado la primera hilada de bloques de mampostería, me di cuenta de que a Fortunato se le había pasado en gran medida la embriaguez. La primera señal que noté era un bajo y quejumbroso grito procedente del fondo del nicho. No era el quejido de un borracho. Luego hubo un largo y persistente silencio. Coloqué la segunda hilada, y la tercera y la cuarta; y entonces oí los furiosos golpes de la cadena. El ruido duró varios minutos, y durante ese tiempo, para escucharlo con más satisfacción, dejé de trabajar y me senté sobre el montón de huesos. Cuando por fin cesó el metálico ruido, tomé de nuevo la paleta y terminé sin interrupción la quinta, la sexta y la séptima hilada. La pared llegaba entonces casi al nivel de mi pecho. Otra vez me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la mampostería, proyecté unos débiles rayos de luz sobre la figura que quedaba allí dentro.
   Una serie de fuertes y agudos alaridos, salidos de pronto de la garganta de la figura encadenada, parecieron echarme violentamente hacia atrás. Durante un breve momento vacilé, temblé. Desenvainando mi espadín, empecé a tantear con él dentro del nicho. Pero sólo con reflexionar un instante me tranquilicé. Apoyé la mano sobre el macizo muro de la catacumba y me sentí satisfecho. Volví a acercarme al nicho; contesté con mis gritos a los gritos de aquel que clamaba. Los repetí como un eco, los aumenté, los superé en volumen y en fuerza. Así lo hice y el que gritaba calló.
   Era ya medianoche, y mi tarea llegaba a término. Había completado la octava, la novena y la décima hilada. Terminé gran parte de la undécima y última; quedaba únicamente por colocar y fijar una sola piedra. Luché bajo su peso; la coloqué parcialmente en posición. Mas entonces surgió del nicho una risa apagada que hizo que se me erizase el cabello. La siguió una voz triste que con dificultad reconocí como la del noble Fortunato. La voz dijo:
-¡Ja, ja, ja.... ja, ja, ja!, una broma excelente, de veras, una excelente broma. Pasaremos unos buenos ratos riéndonos de esto en el palazzo..., ¡ja, ja!.... mientras tomamos el vino.... ¡ja, ja, ja!
-¡El amontillado! -dije.
-¡Ja, ja, ja.... ja, ja, ja!.... sí, el amontillado. Pero, ¿no se está haciendo tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo mi esposa y los demás? Vámonos ya.
-Sí -dije , vámonos ya.
-¡Por el amor de Dios, Montresor!
-Sí -dije-, ¡por el amor de Dios!
   Pero escuché en vano esperando la respuesta a mis palabras. Me sentí impaciente. Llamé en voz alta:
-¡Fortunato!
   No hubo respuesta. Llamé otra vez:
-¡Fortunato!
   No hubo respuesta aún. Pasé la antorcha por la abertura y la dejé caer dentro. En réplica sólo llegó un tintinear de cascabeles. Mi corazón se sintió enfermo; era a causa de la humedad de las catacumbas. Me apresuré, pues, a terminar mi tarea. Coloqué la última piedra en su sitio y la cubrí con mortero. Contra la nueva mampostería volví a levantar la antigua muralla de huesos. Durante medio siglo ningún mortal los ha perturbado. In pace requiescat.
                                                        (E. A. Poe. Narrraciones extraordinarias).
  

         GUÍA DE LECTURA.

1.   Resume el contenido del relato.

2.   Circunstancias espaciotemporales. ¿En que lugares se localizan los acontecimientos? ¿A qué horas?

3.   Algunos relatos se cierran con el cumplimiento de una premonición, ¿qué anuncia en la trama argumental la presencia del escudo de los Montresor: una serpiente que muerde el talón que la pisa y el lema: "nemo me impune laccesit" -nadie me hiere impunemente-?

4.   ¿Qué sentido tiene que los acontecimientos sucedan durante un carnaval? ¿Por qué se habrá elegido el espacio de unas catacumbas?


5.      Recoge las citas que manifiestan las emociones de Montresor (tanto en la narración como en el diálogo) ante los sucesos que protagoniza. ¿Cuáles ocultan sus sentimientos? Cita alguna ironía.

martes, 16 de mayo de 2017

Marcadores del discurso

MARCADORES DEL DISCURSO

El animal tiene una inteligencia cautiva porque una rutina biológica determina sus comportamientos. Por el contrario, la especie humana se aleja de la monotonía animal.

La inteligencia nos permite conocer la realidad. Además, nos permite vivir y pervivir.

Analicemos una operación artística: el dibujo. Por ejemplo, ¿cómo se inventa una caricatura?

Quiero, por lo tanto, hacer ciencia, pero ¿cómo librarme del pasmo y el apasionamiento que me produce el tema de este libro?


Creo que deberíamos contratarlo. Es licenciado en Ciencias Políticas y, además, habla dos idiomas.

No ha venido a clase porque, por  lo visto, su padre está enfermo.

No puedo informarles de nada más. Recuerdo que esa noche, por cierto, no salí de casa.Te invita a un helado, te lleva al cine y, encima, te quejas.

Su expediente es mediocre, no habla idiomas y no tiene experiencia laboral. En resumidas cuentas, es el peor candidato de todos.


Añadiré, de otro lado, que el problema dista mucho de estar resuelto.


No veo por qué deberíamos tener condescendencia con él. A fin de cuentas, es un completo desconocido.

Ahora dice que nos avisó con diez días de antelación; en realidad, la secretaria no recuerda que llamara por teléfono.




Por el contrario (contraargumentativo), además (aditivo), por ejemplo (ejemplificador), por lo tanto (consecutivo), por lo visto (de distanciamiento), por cierto (digresor), encima (contraargumentativo), en resumidas cuentas (conclusivo), de otro lado (ordenador de la información), a fin de cuentas (conclusivo), en realidad (de distanciamiento).